martes, 21 de septiembre de 2010

Capítulo 1 POV Adrik

Continuación del capítulo uno, redactado desde el punto de vista del menor de los Mortensen, Adrik...


CAPÍTULO 1

POV ADRIK

Me encontraba recostado sobre mi cama leyendo tranquilamente una revista que había encontrado en el cubo de basura cuando me dirigía a casa después del colegio el día de ayer. “Valores Humanos” rezaba un artículo de lo más interesante que había capturado mi atención. Me preguntaba a mí mismo cómo una revista con este contenido había llegado a Ciudad Cumbre. Suspiré y dirigí mi vista hacia el bote de basura de mi habitación. Montones de revistas pornográficas que mi querida madre me había proporcionado con tanta alegría se encontraban dentro del contenedor.

– Qué irónico juego de palabras – bufé cansinamente a la vez que arrojaba la revista del mundo “lindo” que sostenía sobre mis manos hacia el otro lado de la cama.

Ni “querido” y “lindo” eran palabras que mis padres me habían inculcado, al contrario, maldiciones y groserías se habían ido acumulando en mi lenguaje cotidiano por regla de la sociedad. Sociedad que gozaba de ver cómo sus habitantes se hacían trizas entre sí.

– Y aquí vamos una vez más, Adrik – me dije, cerrando mis ojos.

Las notas rojas de la semana tanto de periódicos como noticieros de televisión se empeñaban en mostrar la otra cara de la población, la cara de ayuda y bondad humana, para alarmar y sembrar la repulsión en la sociedad “cuerda” de Ciudad Cumbre.

Desde pequeño he vivido bajo la sombra de mi hermano mayor Ilan, mis padres siempre lo han considerado un modelo a seguir, el chico que sirve de ejemplo para irte a la mierda de una forma eficaz y segura. Cuando era niño, mi hermano era mi meta a alcanzar, yo también quería el reconocimiento de mis padres, quería que me vieran como alguien que intentaba destacar por sí mismo, quería que me prestaran la misma atención sin que me hicieran de menos. Ellos habían llegado a la conclusión que la genética no había hecho un buen trabajo conmigo: era el chico lindo en toda la gama de significados de la palabra. El chico dócil, lindo, cariñoso, sensible, débil… ese era yo a la vista de la gente y… de mis padres. Por mucho tiempo recibí esos insultos todos los días y comparaciones con Ilan, de todas las maneras posibles intenté ser lo que mi familia esperaba de mí y lo logré… a medias. Mi vocabulario tenía una extensa variedad de improperios, mi forma de tratar a los demás se había vuelto arrogante, y, el punto más importante, jodía a mi hermano cada dos por tres.

Guiado por el mundo que había aprendido a soportar admito que por varios años de mi corta existencia yo llegué a apoyar y participar en revueltas por la “paz” por Ciudad Cumbre, pero un día la forma que había adquirido de ver el mundo volvió a tambalearse. Me dolía recordarlo, pero lo hacía con tanta nitidez que aún mi cuerpo se crispaba de ira.

Hace ya algunos años, mientras me dirigía a casa después de una alocada fiesta, unos gritos desgarradores me sacaron de mi ensoñación de alcohol y sexo que aún me abrumaba en ese instante. Sin dudar un segundo, corrí rumbo al callejón que está detrás de mi casa. A la luz de la única farola que se encontraba en el lugar había un par de tipos desgarrando la ropa de una chica. La muchacha no dejaba de gritar y de pedir auxilio y nadie, incluso yo, se acercaba a socorrerla. Yo en vez de tratar de ayudarla me refugié tras las sombras observando con tristeza como la chica era violada una y otra vez por ese par de bastardos. Cuando terminaron su jodida acción, la aventaron al asfalto y un par de patadas fueron a dar directo a su estómago. Los hombres huyeron con ungesto de satisfacción en sus rostros y la joven quedó tendida sobre el callejón, violada y severamente golpeada. La chica clavó sus ojos en los míos cuando me disponía a acercar a ella y yo… corrí hacia mi casa para encerrarme en mi habitación. Después de una noche tormentosa de debates internos y sueños terribles con la chica esa como protagonista, me levanté al día siguiente y prendí el televisor. La misma muchacha había aparecido en una de las notas… había muerto.

Mis manos estaban hechas puño y mi cuerpo estaba en total tensión cuando abrí los ojos. El recuerdo de esa chica aún me afectaba, tal vez yo hubiera podido hacer algo por ella pero no, el miedo a perder lo que había logrado conseguir con tanto esfuerzo me eclipsó en el momento.

– Esta ciudad apesta.

Y no sólo la ciudad, dentro de mi lista maloliente y enfermiza estaban mi propia familia y las reglas que rigen esa sociedad de mierda. Ciudad Cumbre…. Cúspide de la estupidez humana.

Estaba reuniendo toda una lista de palabras que acertaban al grano para describir a la ciudad cuando unos ruidos me llegaron provenientes de alguna parte de la casa.

– ¿Y ahora qué? – me levanté malhumorado, ¿quién demonios se atrevía a interrumpir mi tarea de despotricar a la ciudad que me vio nacer? – Ilan, por un demonio…

Y me quedé callado. Mis padres tenían una fiesta orgásmica en su habitación. Tremenda escena daba la orgía que se llevaba a cabo bajo el mismo techo que yo. Juro que quedé asqueado ante la imagen de esos enfermos.

Bajé la vista y caminé pasillo dentro intentando hacer el mínimo ruido para pasar desapercibido por el grupo que estaba en la habitación de la locura, claro, ganas no me faltaban de gritar cualquier estupidez para acallar tan grotescos sonidos.

Llegué a la habitación de Ilan, ni siquiera me preocupé en tocar a la puerta pidiendo permiso para entrar, yo me adentré y lo encontré poniéndose desodorante.

Dime, ¿qué es lo que quieres, jotito? – ¡qué lindo! Él siempre tan amable…

Sólo venía a decirte que te fueras a la mierda.

¿Sólo para eso me vienes a chingar mi día?

– Sí – respondí con un cariñoso gesto de mi dedo corazón.

Salí de su habitación hacia la mía una vez más, que linda forma de expresar “Buenas noches” a tu querido hermano. Bufé meneando la cabeza y me metí a mi cuarto para no salir durante toda la noche.

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El día siguiente fue sorpresivamente extraño. Tal vez esa no era la palabra correcta para describirlo pero así me sentí yo. Después de asistir al colegio mis padres me detuvieron en cuanto crucé el marco de la puerta, alegaban tener algo muy importante que decirnos tanto a Ilan como a mí. La verdad no esperaba nada bueno viniendo de sus bocas, ilógico decirlo de esa manera ya que sólo hacían estupideces pero esta tenía que ser aún peor. No quisieron decir palabra alguna hasta que llegara el gran Ilan Mortensen a la mesa.

– Perfecto…– dije por lo bajo soltando un resoplido, mi madre se me quedó viendo en una forma bastante tenebrosa.

– ¿Algo que tengas que decir, Adrik? – sí, eres la señora del infierno…

– Sólo pensaba que hoy amaneciste de lo más jodona, Madre – le di gracias al creador por poder cubrir mis verdaderas intenciones de expresión bajo las patéticas normas de utilización de palabras groseras a modo de halagos.

Me reí amargamente en mi interior cuando un golpe me dio de lleno en la cabeza. Sí, ese tenía que ser Ilan, él y su mano del demonio. Nos hicimos de unas cuentas palabras hasta que Mamá se hizo de la palabra y nos dio la noticia: Tratar de hacer de una chica un digno habitante de Ciudad Cumbre. Mierda una y otra vez. No dije nada, me quedé serio escuchando como mi hermano ponía el grito en el cielo, esa chica tenía la facilidad de alterarlo en un santiamén y no sólo a él, sino a todos los que la rodeaban. Hatzive uno de los arroces negros del sartén. Esa chica era todo lo contrario a lo que la Ley dictaba ser, aún me sorprendía saber cómo no había parado en la cárcel o incluso en el hospital por su tendencia a ser “mala” ciudadana con sus actos de valor humanitario. Era valiente, había que admitirlo, ojalá algún día pudiera yo hacer algo parecido…

– Angelito – dijo Ilan antes de marcharse escaleras arriba.

– ¿Y bien? – Ese había sido mi padre.

Me limité a encogerme de hombros y seguir el mismo camino de Ilan.

Empaqué mis cosas en una pequeña maleta que tenía en el fondo de mi armario.

No sabía si ponerme contento por irme al menos un mes de esta casa o no, respiraría un poco sí, de eso estaba completamente seguro, pero Ilan se encargaría de joderme lo que mis padres no harían durante esos treinta días, diablos.

Salimos de la casa y mi hermano se dedicó a hurtar el auto del vecino, en verdad esto era el colmo. Me trepé sin rechistar y nos dedicamos a recorrer las calles de la ciudad. Compartimos algunas palabras, Ilan con sus groserías demostraba lo lindo que era conmigo y lo mucho que me quería… ¿y yo? Como siempre utilizando el doble sentido de mis palabras.

El ambiente del auto lo amenizaban las rolas del reproductor del hijo de puta que tenía a un lado, pero en realidad eran buenas, me gustaban.

Estaba ensimismado con la música y la letra de las canciones cuando recordé que yo no tenía ni la más remota idea de dónde vivía la “zorrita” que tanto le agradaba al rubio de a lado.

– ¿Sabes dónde vive? – pregunté.

Y como me lo sospechaba, Ilan no sabía dónde vivía la susodicha, genial. Hicimos una apuesta ya que él aseguraba que tras ese letrero de “bienvenidos” que colgaba en el buzón de una de las casas que estaban a nuestro alrededor era la de Hatzive.

Nos bajamos del coche y toqué el timbre. El muy bastardo de mi hermano había sugerido entrar a la fuerza pero me adelanté al acto. Después de un par de minutos la puerta se abrió y frente a nosotros teníamos a la maldad de Ciudad Cumbre hecho chica… sí, claro.

Hola, putilla, déjame entrar- dijo Ilan sonriendo sólo como él sabe hacerlo.

Ya, pendejo, habla como lo que mami quiere que nos convirtamos.

La chica habló y fijó su vista en mí por un momento, vi como la duda se reflejaba en su mirada, seguro había notado que yo no era precisamente un jodón de primera como mi querido hermano gilipollas. Tenía que redoblar mis barreras para que ella no terminara echándome por la borda.

La chica se rehusaba a dejarnos pasar e Ilan estaba muy entrado en su misión de encaminar a la mierda a la dulce y sarcástica chica castaña que teníamos frente a nosotros.

La verdad no pensaba quedarme parado ahí afuera esperando una dulce bienvenida de la condenada al infierno, así que sin más me metí a la casa y me dirigí a la sala. La chica se me quedó viendo aún más raro por mi atrevimiento y qué decir cuando Ilan se dedicó a seguir mi acto. De un instante a otro la puerta se cerró de un sonoro portazo.

– Claro, adelante – resopló la chica.

Me aventé a uno de los sillones y me dejé hundir entre los mullidos cojines. Mi vista vagó por toda la habitación, la casa no estaba nada mal. Tenía entendido que ella vivía sola porque hasta sus padres la habían hecho a un lado por su “anormalidad”, en serio que patético, pero a la vez que genial vivir sin que te estén ahogando tus padres con tanta presión a ser un estúpido más entre la multitud, aunque eso último para ella no se cumplía sino no estuviéramos aquí en nuestra labor comunitaria como buenos ciudadanos… ¡bah!

– Dame eso para acá – Ilan me quitó el control del televisor de las manos.


El aparato se encendió y la noticia de una señora recién metida a la cárcel acaparó la atención de los tres.

La señora en cuestión había decidido ayudar a un joven que estaba siendo golpeado en un cobarde acto de venganza. Aparte de sufrir varias contusiones por los golpes que también se le propinaron, terminó teniendo como hogar una celda en la cárcel.

No, en serio, esto iba de mal en peor.

– ¿Ves, zorrita? – exclamó Ilan apuntando la pantalla con el control remoto – Tu futuro puede estar junto a esa estúpida vieja que decidió encaminarse por el camino del mal.

– ¿Del mal? – preguntó la chica frunciendo el ceño.

– Sí, del mal. De hecho no nos vayamos tan lejos, tu anuncio de “Bienvenidos” ahí fuera puede llevarte a hacerle compañía a esa tipa.

– Mientras deciden en qué celda quedará asignada la anfitriona de la casa yo voy por algo de comer – me levanté del sillón y me dediqué a buscar la cocina.

Tenía que salir de ahí lo más pronto posible, ¿qué se supone que tenía que decir yo para continuar el sermón de Ilan? ¡Si a mí mismo me había molestado la noticia tanto como a Hatzive! Me parecía injusto y estúpido todo eso, pero por supuesto que no podía admitirlo frente a ellos. No podía dejar que notaran lo que me afectaba estar rodeado de tanta blasfemia, no podía dejar que vieran mis verdaderos pensamientos y sentimientos al respecto. Tenía que mantenerme callado reprimiendo, como siempre lo hacía, cada una de esas palabras que me gustaría decir y cada uno de los actos que haría si no fuera un Mortensen.

2 comentarios:

  1. Seguid seguid xDD Que cada vez me gusta más la historia (aunque todavía no entiendo a dónde queréis llegar xDD).

    *Cuidado con lo de siempre: repetir dos veces seguidas lo mismo. Hay partes de la frase que se pueden omitir, así que omitidlas (para hacerlo mas ligero, y como estais repitiendo la escena una y otra vez, pues es mejor aligerar lo más posible).

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  2. ya somos dos... pero lo sigo esperando hehe

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